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Adiós Ramón. Por César Sodero

El escritor serrano escribió una despedida a Ramón, dueño de "Copeto", un bar que fue refugio para la juventud en los 90. "Fue uno de los primeros en decirnos que las penurias de Sierra tenían que ver con el implacable avance del capitalismo"

El año pasado el bar «Cosa Nostra» de Playas Doradas le hizo un homenaje donde estuvo rodeado de aquella juventud de los 90. Foto Facebook

Hace unos días me enteré que murió Ramón Calveira. Su muerte me sorprendió como supongo que le pasó a muchos. Y lo primero que se me vino a la cabeza fueron aquellas noches de los noventas que pasábamos con los pibes en el Copeto. El mítico bar junto a la ruta 3 que más que un bar terminó siendo un refugio. Porque en aquellos años, después del cierre de la mina, el Copeto fue un bar que nos acobijaba de las miserias en que había quedado el pueblo tras el cierre de la mina. Ramón tenía ideas que casi nadie tenía en el pueblo en aquellos años. Fue uno de los primeros en decirnos que las penurias de Sierra tenían que ver con el implacable avance del capitalismo, y hablaba de comunismo y de revolución y de un montón de conceptos que a nosotros nos sonaban a cuento chino. Pero no se quedaba en el discurso. Porque en el Copeto trataba de llevarlas a la práctica. No estoy diciendo que el Copeto era un comité del Partido Comunista. No. El Copeto era otra cosa. No sé bien como definirlo, pero ahí adentro reinaban otras reglas, muy distintas a las de afuera. Puedo decir, sin exagerar, que era un bar humanista. En el sentido más amplio de la palabra. Un lugar de encuentro, de intercambio, de comunión y de festejo de la amistad. Por sobre todo era un lugar donde se reivindicaba la amistad como un valor político. Un lugar donde uno podía sentir que la amistad era mucho más que compartir risas. Que en la amistad estaba el origen y el sustento auténtico de una sociedad que se había derrumbado de la noche a la mañana. Y Ramón nos hacía sentir que si estábamos juntos, compartiendo, más allá de nuestras diferencias sociales, podíamos reconstruir algo del tejido social que el menemismo había arrasado. Quizás eso explica, en parte, la razón por la cual la cerveza era muy barata en el Copeto. Tanto, que nunca entendíamos que ganancia podía tener con esos precios. Y no solo eso, sino que también vendía pizzas, a un precio irrisorio. Y cuando avanzaba la noche, había sorteos de cervezas que duraban horas, y a veces uno, tomaba más gratis que pagando. Pero a Ramón no le importaba. Se paraba atrás de la barra y desde ahí dirigía todo. Se divertía y se ponía contento de vernos contento. Ahí adentro todos nos sentíamos en comunidad. Era una fiesta. Una fiesta metalera. Porque el espíritu del Copeto era heavy metal, era pura distorsión, eran guitarras metálicas. Había algo de la resistencia metalera que Ramón supo captar muy bien. En las letras de Hermética, Horcas, V8, Logos, y muchas más, estaba el espíritu de lucha proletaria que había que tener para soportar aquellos años.

Anécdotas con Ramón tenemos muchas. Hace poco un amigo recordaba una noche que estábamos en el Copeto y queríamos tomar Fanta, pero ahí solo se vendía Mirinda. Entonces vino Ramón, con una Mirinda en la mano, y con un marcador le puso Fanta. Con eso te hacía sentir que las marcas no importaban, que lo importante era otra cosa. Y a veces, cuando no teníamos un mango, y pasaban las horas y no consumíamos nada, Ramón se acercaba con una cerveza, la dejaba en la mesa y se iba sin decir una palabra. Uno sabía que esa iba de regalo. Supongo que todo aquel que pasó por el Copeto tiene sus anécdotas con Ramón. Y supongo que deben ser muchas.
Ahora Ramón ya no está. El Copeto hace años que no está. Siento que de a poco la vida que habitamos va desapareciendo. La vida es así, implacable. Y no perdona, a nadie. Pero ante eso, siento que Ramón seguirá vivo mientras lo sigamos recordando. Porque uno muere realmente, cuando muere el último que nos pueda recordar. Hasta que eso pase, somos muchos, quizás cientos, los que podemos mantener vivo a Ramón Calveira y al Copeto.
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1 thought on “Adiós Ramón. Por César Sodero”

  1. También desde lejos hoy, recuerdo a Ramón con mucho cariño, no éramos amigos, pero compartíamos algo en común que era la política, siempre tranquilo y con mucho respeto acordábamos y disentíamos en casi todo, pero al final nos despedíamos con una abrazo y chau Ramón, chau José. Lo que me queda como anécdota fue un dia que lo encontré en una farmacia, la que estaba frente a la fotocopiadora de Dodero, lo miro y en la mano tenia una bolsa de medicamentos, he, le digo, que pasó Ramón, y me dice: mirá, me fui a hacer el chequeo de rutina anual y la Dra me encontró mas problemas que me recetó todos estos medicamentos, pero bueno, hay que apechugarla, hablo de hace casi 14 o 15 años. Que en paz descanse tu alma Ramon, hasta siempre.

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